Durante una broma, un estudiante pegó un papel en la espalda de su compañero de clase que decía “Soy estúpido”" y pidió al resto de la clase que no se lo dijera al chico, así que los estudiantes comenzaron a reírse una y otra vez…
Comenzó la clase de matemáticas por la tarde y su profesor escribió una pregunta difícil en el pizarrón. Nadie pudo contestar excepto el chico con la pegatina. En medio de las risitas inexplicables, caminó hacia la pizarra y resolvió el problema. El profesor pidió a la clase que lo aplaudiera y le quitasen el papel de la espalda. Luego le dijo:
—Parece que no sabes sobre el papel que uno de tus compañeros de clase ha pegado en tu espalda.
Miró a la clase.
—Voy a decir dos cosas. Primero: a lo largo de sus vidas, la gente les pondrá etiquetas con muchas palabras desagradables para detener su progreso. Si su compañero de clase hubiera sabido sobre el papel, no se habría levantado para responder a la pregunta. Todo lo que tienen que hacer en la vida es ignorar las etiquetas que la gente pone y aprovechar cada oportunidad que tienen para aprender, crecer y mejorarse a sí mismo. Segundo: está claro que no existe ningún amigo leal entre todos ustedes para hablarle de la pegatina. No importa cuántos amigos tengan, es la lealtad que comparten con sus amigos lo que cuenta. Si no tienen amigos que puedan defenderlos a sus espaldas, que puedan cuidarlos, protegerlos y que realmente se preocupan por ustedes, es mejor estar solo.
fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=7365846500129000&set=a.238096139570774
El talón de Aquiles
de Marcelo Birmajer (ARG)
Estado de Whatsapp
Irene Vallejo
De vuelta a clase
Era el 10 de marzo y las clases habían comenzado otra vez. Sin embargo, el verano continuaba, empujando con días cálidos y secos la llegada del otoño austral. Eran días para continuar corriendo por la playa, zambulléndose en el mar, y no para estar sentado en el salón de clase de aquel colegio de Montevideo, anotando los horarios y los textos que recomendaba el profesor.
Antonio miró por la ventana y suspiró. Era un largo año el que quedaba por delante. ¡Y el verano se había ido tan rápido! Bueno, no al principio, en que los días parecían desgranarse lentamente, pero las dos últimas semanas se habían ido a terrible velocidad. Siempre parecía así, al menos cuando uno tiene quince años.
Dio un vistazo alrededor y saludó a un par de amigos con una morisqueta. Esa mañana se había dormido y había llegado a clase cuando ya estaban todos sentados y el profesor había empezado a pasar lista. Gajes del verano, había que acostumbrarse otra vez a madrugar para estar bañado, desayunado y en la parada del ómnibus a las siete y media de la mañana.
El retraso le había impedido reencontrarse con los viejos compañeros y conocer a los nuevos, lo que sucedería en el próximo recreo. Miró hacia la derecha: en el banco de al lado había un muchacho que no conocía y que, al sentir la mirada, lo miró a su vez y le sonrió. Tenía un rostro curtido por el sol y una sonrisa franca. No parecía un chico de ciudad, tenía ese aire de los que se han criado en el campo.
—Parece buen tipo ‑pensó Antonio.
—...y la tabla de logaritmos —decía en ese momento el profesor. Antonio se dio cuenta de que, por distraerse, no había atendido ni anotado lo que debía traer para la próxima clase. Bueno, lo copiaría después, del cuaderno de algún compañero. Miró otra vez por la ventana y la mente volvió a írsele tras el azul del cielo, vuelta a la playa y al verano.
Mucho más que la tabla de logaritmos era la tabla de surf lo que querría tener ahora, y una buena ola para "entubarse", como esas olas hawaianas que muestra la televisión y que no tienen paralelo con las olas cortas del Océano Atlántico, a las que él no tenía más remedio que sufrir.
Ese verano, sus padres habían alquilado una casa en la costa oceánica de Rocha, y allá habían marchado padre, madre, Antonio y sus dos hermanas menores, por todo el verano. Es decir, la madre y ellos por todo el verano; el padre, después del primer mes, trabajando en Montevideo de lunes a viernes y reuniéndose con la familia cada fin de semana.
Habían sido dos meses y medio de aire, sol y mar, en un lugar con población pequeña y playa grande, con sitio de sobra para andar en tabla lejos de los bañistas. Y así, corriendo olas se habían corrido los días, hasta terminarse.
—Calculadora, regla, compás y semicírculo —seguía diciendo el profesor.
Y en aquella punta rocosa que cerraba un extremo de la playa, ¡cuántos pejerreyes y sargos de buen tamaño había pescado! Dos o tres veces a la semana el almuerzo de la familia había sido de pejerreyes fritos o de sargos a la parrilla, estos últimos especialmente cuando estaba su padre, a quien le encantaba asarlos. Y en aquella punta, bien junto a las rocas, salían unos sargos enormes, gruesos, redondos, como de un quilo. Sus hermanas solían quejarse de las espinas, pero eso era inevitable, y era el precio a pagar por saborear aquellas delicias. Las niñas siempre andan con tiquismiquis, ¿no? Pero pejerreyes y sargos eran los pescados más ricos que había comido jamás, especialmente esos, recién pescados por él, y el placer de pescarlos se duplicaba en el placer de comerlos.
Empezó a sentir hambre. Había salido corriendo, sin desayunar por el retraso, y el recuerdo de aquellos platos sabrosos le estaba acicateando el apetito. Bueno, compraría algo de comer en el recreo.
—Este año, además, vamos a estudiar funciones —agregó el profesor.
Y, cuando Antonio hacía un esfuerzo para concentrar su atención en lo que éste decía, desprendiéndose de verano, olas y pejerreyes, se escuchó el sonido de la campana.
La clase había terminado.
Julián Murguía. Inicio de El tesoro de Cañada Seca
Tras largo tiempo de silencio, empiezan a aflorar voces. Nadie hablaba de aquello en tu infancia: eran cosas de niños. Como si los problemas que afectan a los pequeños no pudieran ser grandes. Hoy sabes que el acoso escolar o las novatadas no son solo dramas infantiles. La edad adulta no sana el impulso de acorralar y humillar. Los matones que campaban a sus anchas en la escuela se hacen mayores y, si alcanzan puestos de poder, siguen hostigando con impunidad. El trabajo, con sus delicadas dinámicas internas, es el nuevo campo de batalla. En épocas de crisis y miedo a perder el empleo, el conflicto se agudiza.
A tus ocho años, no supiste reaccionar. No es fácil, tampoco para los adultos. Surge primero la incredulidad, después la esperanza de que se resolverá tan rápido como empezó. Y crees, al principio, que podrás resistir; ignoras aún lo destructiva que será la espiral si se prolonga demasiado tiempo.
En el patio de recreo, como en la oficina, el acoso nunca es solo un dilema individual. La reacción de los demás decide las reglas del silencio. Entran en juego dos impulsos humanos muy arraigados: solidarizarse con quien sufre un ataque o aliarse con el más poderoso. Un cínico personaje de la serie Succession describe así su particular imperativo categórico: “Yo estoy espiritualmente, y emocional, ética y moralmente, del lado de quien gane”. Capítulo tras capítulo, esta historia retrata a los miembros de un multimillonario clan empresarial luchando por el trono de la corporación. A la sombra de sus traiciones y ambiciones, sus propósitos y despropósitos, sus riquezas y vilezas, crean un ambiente laboral asfixiante y opresivo, donde la humillación y el desprecio son ingredientes habituales. En su batalla interminable, únicamente comparten la admiración por la arrogancia poderosa, símbolo de habilidad, fuerza, liderazgo y dominio. El patriarca de la familia define con estas palabras su estrategia respecto a los competidores: “Los atornillas. Los cincelas. Les haces daño. Y luego los ves chillar”.
El dramaturgo griego Eurípides se preguntó ya hace más de veinticuatro siglos si los personajes míticos, tradicionalmente considerados héroes, no eran sencillamente tipos prepotentes y despiadados. En una de sus obras, Ifigenia en Áulide, el general Agamenón ha reunido el ejército que atacará Troya, pero la expedición no consigue zarpar porque soplan vientos desfavorables. Un oráculo dictamina que solo podrá navegar si sacrifica a su hija Ifigenia en el altar de los dioses. Angustiados, Agamenón y Menelao discuten y compiten entre ellos como los hermanos de Succession, y tratan con violencia a sus subordinados. “Llorarás si no desistes. Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza”, grita un enfurecido Menelao a un anciano a su servicio que expresa una crítica. Los dos guerreros parecen temer, por encima de cualquier reproche, la acusación de ser débiles y carecer de madera de líder. En el desenlace, se impone la sed de conquista, y la joven Ifigenia se convierte en la primera víctima de una guerra aún por comenzar.
La romantización del poder despótico y el aura autoritaria no es un fósil del pasado. Algunos políticos con éxito y celebridades empresariales se comportan en público como crecidos abusones escolares. La misma actitud chulesca surge a veces entre las estrellas del famoseo y el deporte, convencidas de que sus fortunas y sus victorias son un salvoconducto de soberbia. La admiración popular les otorga impunidad: los triunfadores tienen licencia para la crueldad. Durante demasiado tiempo hemos aplaudido los liderazgos avasalladores e incluso parece un mérito que deportistas, ejecutivos o vendedores sean agresivos. Sin embargo, en política, sus consignas furiosas desencadenan tensión, sufrimiento y, en ocasiones, dañinos conflictos. En el trabajo, los insultos, las órdenes dementes, los ataques de ira, las amenazas y las humillaciones provocan cada año un torrente de bajas, ansiedad y depresiones evitables. Como ya intuyó Eurípides en sus tragedias irreverentes, ciertos personajes carismáticos nos salen carísimos.
Columna de Irene Vallejo en Página 12 (Argentina), 13 de marzo de 2024
https://www.pagina12.com.ar/720275-licencia-para-avasallar/
UN PUNTO AZUL PÁLIDO
Carl Sagan
Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.
La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica.
Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios.
Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo… Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve.
En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.
Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido.
Carl Sagan
(9 de noviembre de 1934 – 20 de diciembre de 1996)
https://www.poramoralaciencia.com/2012/11/09/carl-sagan-un-punto-azul-palido/
https://es.wikipedia.org/wiki/Un_punto_azul_p%C3%A1lido
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Pale_Blue_Dot.png
Carl Edward Sagan
https://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Sagan
Un punto azul pálido - Castellano
Nullius in Verba
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