jueves, 5 de marzo de 2026

Pegatina

 


     Durante una broma, un estudiante pegó un papel en la espalda de su compañero de clase que decía “Soy estúpido”" y pidió al resto de la clase que no se lo dijera al chico, así que los estudiantes comenzaron a reírse una y otra vez… 

    Comenzó la clase de matemáticas por la tarde y su profesor escribió una pregunta difícil en el pizarrón. Nadie pudo contestar excepto el chico con la pegatina. En medio de las risitas inexplicables, caminó hacia la pizarra y resolvió el problema. El profesor pidió a la clase que lo aplaudiera y le quitasen el papel de la espalda. Luego le dijo: 

    —Parece que no sabes sobre el papel que uno de tus compañeros de clase ha pegado en tu espalda. 

    Miró a la clase. 

    —Voy a decir dos cosas. Primero: a lo largo de sus vidas, la gente les pondrá etiquetas con muchas palabras desagradables para detener su progreso. Si su compañero de clase hubiera sabido sobre el papel, no se habría levantado para responder a la pregunta. Todo lo que tienen que hacer en la vida es ignorar las etiquetas que la gente pone y aprovechar cada oportunidad que tienen para aprender, crecer y mejorarse a sí mismo. Segundo: está claro que no existe ningún amigo leal entre todos ustedes para hablarle de la pegatina. No importa cuántos amigos tengan, es la lealtad que comparten con sus amigos lo que cuenta. Si no tienen amigos que puedan defenderlos a sus espaldas, que puedan cuidarlos, protegerlos y que realmente se preocupan por ustedes, es mejor estar solo. 

 

 fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=7365846500129000&set=a.238096139570774

miércoles, 4 de marzo de 2026

El talón de Aquiles - por Marcelo Birmajer (ARG)

 

El talón de Aquiles

de Marcelo Birmajer (ARG)



Aquiles fue el más elogiado entre los héroes griegos que pelearon en la guerra de Troya. Era hijo de Tetis y Peleo. Su padre era un rey, jefe de grandes ejércitos. Su madre, Tetis, una diosa marina, intercedió ante el poderoso Zeus para que le permitiera hacer invulnerable a su hijo.

Aquiles fue alimentado con médula de leones y tigres. A poco de nacer, su madre lo había sumergido en la laguna Estigia, cuyas aguas volvían al cuerpo humano invencible.

Pero, tal vez con el excesivo cuidado de las madres, lo sostuvo por un talón mientras lo sumergía; y ese talón quedó seco. Por tanto, Aquiles era todo invulnerable salvo el talón de uno de sus dos pies, no recuerdo si el izquierdo o el derecho. En el resto del cuerpo, ni las flechas, ni el fuego, ni las piedras podían ocasionarle el menor daño.

Pero como los dioses participaban de esta guerra jugando con los humanos, cierta vez que Paris —el príncipe troyano que por raptar a la griega Helena originó esta sangrienta lucha— disparó una flecha envenenada contra Aquiles, el dios Apolo dirigió la punta hacia el talón vulnerable de nuestro personaje. Así murió Aquiles.

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Sentado bajo la ventana del aula de mi colegio primario, yo me preguntaba: ¿por qué lo consideraban tan valiente, si era invulnerable?

¿En qué consiste la valentía de una persona que sabe que nada le puede hacer daño? Es sólo una pregunta.

¿Y los que estábamos allí sentados, podíamos llegar a tener algún remoto parecido con Aquiles?

Pues a primera vista no: nuestro cuerpo es totalmente vulnerable. Todo nuestro cuerpo es vulnerable. El fuego nos quema, el frío nos hiela, las flechas nos hieren. Nuestro cuello es tan frágil como nuestro talón.

Sin embargo, uno de los chicos sentados en aquella aula, bastante lejos de la ventana, más bien cerca del pizarrón, a la izquierda, me sugirió lo contrario.

Se llamaba Gastón, era muy petiso y algo tímido. El grandote del aula, un repetidor llamado Zurlo, se burlaba de él continuamente. Feas burlas. Y además —esto era lo peor— le pegaba en la cabeza o le tiraba de una manera muy fea de las orejas.

Una mañana, Gastón se le tiró al cuello a Zurlo y comenzó una pelea.

Por supuesto, Zurlo ganó. Le pegó en la cara y en el estómago; y Gastón quedó tirado en el piso, pero sin llorar.

—Si me volvés a tocar —le dijo Gastón a Zurlo desde el piso— te voy a volver a pegar.

Zurlo no volvió a tocarlo, ni a burlarse de él.

Viendo al malherido Gastón tendido en el piso, pero con su actitud intacta, lo comparé con Aquiles y pensé: "Los seres humanos somos al revés que Aquiles: todo nuestro cuerpo es vulnerable salvo un talón invencible. Ese talón es nuestra voluntad".








martes, 3 de marzo de 2026

Estado de Whatsapp (Marcela Alluz)

Estado de Whatsapp


Marcela Alluz


Pusieron la foto de Tomi en un estado de Whatsapp del curso. Una en la que estaba distraído, los ojos semicerrados, el pelo un desastre, la boca abierta.

“Porfa, bajenla, pide”, y recibe de respuestas risas y stickers. Llega llorando a la casa. No quiere hablar. No cuenta. No quiere preocupar a la madre que demasiado tiene ya con el trabajo de enfermera por las noches. La carpeta duerme el sueño eterno en la mochila y él no quiere volver a la escuela para ser otra vez el blanco de las burlas. No encaja en los grupos, nadie lo busca en los recreos, nadie se daría cuenta si un día no vengo más, se dice.

Pero hay una profesora que lo mira. Que advierte la chispa en los ojos cuando hablan de poesía, que nota su tristeza y que pregunta.

Y tal vez sólo esa pregunta le devuelva a Tomi las ganas de quedarse, de encontrar en los libros que ella le pasa, poemas de otra gente que también estaba sola y encontró el universo de las palabras.

Pasa la tormenta, la foto que suben al estado de Whatsapp ahora es de otro. Y es ahí cuando él se anima a avisar al preceptor, a hacer público el dolor a que son sometidos unos cuantos. A veces es más fácil luchar por los demás que por uno mismo. Hay una madre que viene a la escuela y hace un escándalo, otro profesor que plantea una clase sobre el acoso y más adultos que se entrometen y logran hacer conciencia del daño.

Tomi vuelve esa tarde a la casa y la madre le alcanza un té con tortilla calentita.

Qué suerte que a veces, la taba cae boca arriba y se acomodan los dados y el dolor pasa como un pájaro negro que vuela lejos. Qué suerte que aún hay poesías y profes que miran y madres, aunque sean las de otro, que se animan a gritar en las escuelas.



Ilustración: Laura Noguera

Martina Lema

https://www.facebook.com/photo/?fbid=3047703135401269&set=gm.4246448975631363&idorvanity=3439759196300349

La balada del gallo triste (Irene Vallejo)

La balada del gallo triste

Irene Vallejo




Para ti, la soledad es un patio de colegio. En los recreos se ensayan las dinámicas de la tribu: los juegos de la crueldad. La rebeldía es muy popular, pero casi todos obedecen sumisamente la autoridad de los líderes y los matones: no hay transgresores capaces de defender a la chica marginada. Del acoso recuerdas todos los silencios que encubrían las agresiones. Así aprendiste que pocos apoyan a quien está acorralado y en posición frágil. Porque resulta ventajoso estar del lado de los fuertes. Por indiferencia. Por miedo.

En las historias aprendemos a resonar con el dolor de los demás. Admiramos a quien alza la voz frente al violento, pero ese coraje tiene un alto coste. En el relato evangélico de la pasión, alrededor de un inocente injustamente atacado, se describe un retablo de reacciones huidizas: la seducción del poder, la comodidad del espectador neutral, el temor a las represalias. Judas es el seguidor desleal que pone precio a su traición: “¿Qué me daréis si os lo entrego?”, ofrece a los sumos sacerdotes, y negocia la recompensa. Por su parte, el prefecto Pilato cree que el reo merece ser absuelto —”no encuentro culpa en él”—, pero nada hace por protegerlo. Con el gesto de lavarse las manos, el gobernador romano abandona a la víctima y se exime de culpa: “Inocente soy de la sangre de este justo”. El episodio más conmovedor atañe a Pedro, apóstol convencido de defender a Jesús hasta el final: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Cuando apresan al maestro, Pedro sigue de lejos al grupo, fiel a su compromiso de lealtad, pero una criada lo reconoce: “Tú estabas con el galileo”. Entonces falla a su amigo: “No sé de qué hablas”. Dos veces más: “No conozco a ese hombre”. Amanece y Pedro recuerda las palabras de Jesús en la última cena: “Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”. Avergonzado, escapa. La escena culmina con una imagen inusual en la literatura antigua: un hombre corriente llora.

Desde los antiguos mitos existían jerarquías en la pena; llora Aquiles, llora Ulises, llora Eneas. El dolor de los héroes, reyes o grandes guerreros merecía respeto. La tragedia, como escribió Aristóteles, se ocupaba de nobles, mientras la comedia retrataba las vidas de personajes “de baja estofa”. Los dramas y preocupaciones del vulgo se abordaban en clave humorística. Los habitantes de las obras teatrales de Aristófanes son tipos marrulleros y endeudados que salen adelante trampeando, campesinos hartos de guerras, embaucadores diversos o amas de casa que se declaran en huelga de sexo. Divertidos y ridículos. Por eso resulta revolucionario que, en la encrucijada de un conflicto protagonizado por un mesías, autoridades romanas y altos sacerdotes, el narrador dirija su mirada compasiva hacia un pobre hombre angustiado. En el aria ‘Erbarme dich’ de su Pasión según san Mateo, Bach convierte la pena del viejo pescador en un dolor universal: quién no ha defraudado a un ser amado por cobardía, quién no ha hecho promesas y luego no ha estado a la altura, quién no se arrepiente de traicionarse a sí mismo.

En su personal versión cinematográfica del evangelio, Pasolini se alejó de las estampas grandilocuentes y recuperó esa sencillez originaria, tan moderna: contrató actores no profesionales, muchos de ellos pescadores, y ennobleció sus rostros cotidianos, extraordinarios en su fascinante naturalidad. Rodó la película en Matera, localidad costera que 20 años antes se había levantado contra la invasión nazi, sufriendo una terrible matanza. Algunos de los ojos que se asoman a la pantalla presenciaron el horror. Sus miradas acompañan al inocente ajusticiado, tal vez con el recuerdo de aquel dolor y aquella soledad.

La partida que se juega en momentos históricos decisivos empieza en el patio del colegio. El recreo es el ensayo general de nuestra forma de estar en el mundo. Proclamamos que, ante un rostro que sufre —un acoso, una agresión, una guerra—, no caben la traición ni la ecuánime distancia del espectador que contempla el naufragio. Pero la valentía es difícil: hay que ser muy fuertes para amparar al débil antes de que empiece a sonar la balada del gallo triste.

Donde viven los monstruos (Irene Vallejo)

 

Donde viven los monstruos

Irene Vallejo





Tras largo tiempo de silencio, empiezan a aflorar voces. Nadie hablaba de aquello en tu infancia: eran cosas de niños. Como si los problemas que afectan a los pequeños no pudieran ser grandes. Hoy sabes que el acoso escolar o las novatadas no son solo dramas infantiles. La edad adulta no sana el impulso de acorralar y humillar. Los matones que campaban a sus anchas en la escuela se hacen mayores y, si alcanzan puestos de poder, siguen hostigando con impunidad. El trabajo, con sus delicadas dinámicas internas, es el nuevo campo de batalla. En épocas de crisis y miedo a perder el empleo, el conflicto se agudiza.

A tus ocho años, no supiste reaccionar. No es fácil, tampoco para los adultos. Surge primero la incredulidad, después la esperanza de que se resolverá tan rápido como empezó. Y crees, al principio, que podrás resistir; ignoras aún lo destructiva que será la espiral si se prolonga demasiado tiempo.

En el patio de recreo, como en la oficina, el acoso nunca es solo un dilema individual. La reacción de los demás decide las reglas del silencio. Entran en juego dos impulsos humanos muy arraigados: solidarizarse con quien sufre un ataque o aliarse con el más poderoso. Un cínico personaje de la serie Succession describe así su particular imperativo categórico: “Yo estoy espiritualmente, y emocional, ética y moralmente, del lado de quien gane”. Capítulo tras capítulo, esta historia retrata a los miembros de un multimillonario clan empresarial luchando por el trono de la corporación. A la sombra de sus traiciones y ambiciones, sus propósitos y despropósitos, sus riquezas y vilezas, crean un ambiente laboral asfixiante y opresivo, donde la humillación y el desprecio son ingredientes habituales. En su batalla interminable, únicamente comparten la admiración por la arrogancia poderosa, símbolo de habilidad, fuerza, liderazgo y dominio. El patriarca de la familia define con estas palabras su estrategia respecto a los competidores: “Los atornillas. Los cincelas. Les haces daño. Y luego los ves chillar”.

El dramaturgo griego Eurípides se preguntó ya hace más de 24 siglos si los personajes míticos, tradicionalmente considerados héroes, no eran sencillamente tipos prepotentes y despiadados. En una de sus obras, Ifigenia en Áulide, el general Agamenón ha reunido el ejército que atacará Troya, pero la expedición no consigue zarpar porque soplan vientos desfavorables. Un oráculo dictamina que solo podrá navegar si sacrifica a su hija Ifigenia en el altar de los dioses. Angustiados, Agamenón y Menelao discuten y compiten entre ellos como los hermanos de Succession, y tratan con violencia a sus subordinados. “Llorarás si no desistes. Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza”, grita un enfurecido Menelao a un anciano a su servicio que expresa una crítica. Los dos guerreros parecen temer, por encima de cualquier reproche, la acusación de ser débiles y carecer de madera de líder. En el desenlace, se impone la sed de conquista, y la joven Ifigenia se convierte en la primera víctima de una guerra aún por comenzar.

La romantización del poder despótico y el aura autoritaria no es un fósil del pasado. Algunos políticos con éxito y celebridades empresariales se comportan en público como crecidos abusones escolares. La misma actitud chulesca surge a veces entre las estrellas del famoseo y el deporte, convencidas de que sus fortunas y sus victorias son un salvoconducto de soberbia. La admiración popular les otorga impunidad: los triunfadores tienen licencia para la crueldad. Durante demasiado tiempo hemos aplaudido los liderazgos avasalladores e incluso parece un mérito que deportistas, ejecutivos o vendedores sean agresivos. Sin embargo, en política, sus consignas furiosas desencadenan tensión, sufrimiento y, en ocasiones, dañinos conflictos. En el trabajo, los insultos, las órdenes dementes, los ataques de ira, las amenazas y las humillaciones provocan cada año un torrente de bajas, ansiedad y depresiones evitables. Como ya intuyó Eurípides en sus tragedias irreverentes, ciertos personajes carismáticos nos salen carísimos.


Irene Vallejo, columna “El atlas de Pandora” en El País Semanal (España, 12 de noviembre de 2022) https://elpais.com/eps/2022-11-12/donde-viven-los-monstruos.html

referido en: https://cesarmiguelrondon.com/opinion/desde-el-exterior/donde-viven-los-monstruos-irene-vallejo/

De vuelta a clase (Julián Murguía)

De vuelta a clase

 

Era el 10 de marzo y las clases habían comenzado otra vez. Sin embargo, el verano continuaba, empujando con días cálidos y secos la llegada del otoño austral. Eran días para continuar corriendo por la playa, zambulléndose en el mar, y no para estar sentado en el salón de clase de aquel colegio de Montevideo, anotando los horarios y los textos que recomendaba el profesor.

        Antonio miró por la ventana y suspiró. Era un largo año el que quedaba por delante. ¡Y el verano se había ido tan rápido! Bueno, no al principio, en que los días parecían desgranarse lentamente, pero las dos últimas semanas se habían ido a terrible velocidad. Siempre parecía así, al menos cuando uno tiene quince años.

        Dio un vistazo alrededor y saludó a un par de amigos con una morisqueta. Esa mañana se había dormido y había llegado a clase cuando ya estaban todos sentados y el profesor había empezado a pasar lista. Gajes del verano, había que acostumbrarse otra vez a madrugar para estar bañado, desayunado y en la parada del ómnibus a las siete y media de la mañana.

        El retraso le había impedido reencontrarse con los viejos compañeros y conocer a los nuevos, lo que sucedería en el próximo recreo. Miró hacia la derecha: en el banco de al lado había un muchacho que no conocía y que, al sentir la mirada, lo miró a su vez y le sonrió. Tenía un rostro curtido por el sol y una sonrisa franca. No parecía un chico de ciudad, tenía ese aire de los que se han criado en el campo.

        —Parece buen tipo ‑pensó Antonio.

        —...y la tabla de logaritmos —decía en ese momento el profesor. Antonio se dio cuenta de que, por distraerse, no había atendido ni anotado lo que debía traer para la próxima clase. Bueno, lo copiaría después, del cuaderno de algún compañero. Miró otra vez por la ventana y la mente volvió a írsele tras el azul del cielo, vuelta a la playa y al verano.

        Mucho más que la tabla de logaritmos era la tabla de surf lo que querría tener ahora, y una buena ola para "entubarse", como esas olas hawaianas que muestra la televisión y que no tienen paralelo con las olas cortas del Océano Atlántico, a las que él no tenía más remedio que sufrir.

        Ese verano, sus padres habían alquilado una casa en la costa oceánica de Rocha, y allá habían marchado padre, madre, Antonio y sus dos hermanas menores, por todo el verano. Es decir, la madre y ellos por todo el verano; el padre, después del primer mes, trabajando en Montevideo de lunes a viernes y reuniéndose con la familia cada fin de semana.

        Habían sido dos meses y medio de aire, sol y mar, en un lugar con población pequeña y playa grande, con sitio de sobra para andar en tabla lejos de los bañistas. Y así, corriendo olas se habían corrido los días, hasta terminarse.

        —Calculadora, regla, compás y semicírculo —seguía diciendo el profesor.

 

       Y en aquella punta rocosa que cerraba un extremo de la playa, ¡cuántos pejerreyes y sargos de buen tamaño había pescado! Dos o tres veces a la semana el almuerzo de la familia había sido de pejerreyes fritos o de sargos a la parrilla, estos últimos especialmente cuando estaba su padre, a quien le encantaba asarlos. Y en aquella punta, bien junto a las rocas, salían unos sargos enormes, gruesos, redondos, como de un quilo. Sus hermanas solían quejarse de las espinas, pero eso era inevitable, y era el precio a pagar por saborear aquellas delicias. Las niñas siempre andan con tiquismiquis, ¿no? Pero pejerreyes y sargos eran los pescados más ricos que había comido jamás, especialmente esos, recién pescados por él, y el placer de pescarlos se duplicaba en el placer de comerlos.

Empezó a sentir hambre. Había salido corriendo, sin desayunar por el retraso, y el recuerdo de aquellos platos sabrosos le estaba acicateando el apetito. Bueno, compraría algo de comer en el recreo.

       —Este año, además, vamos a estudiar funciones —agregó el profesor.

        Y, cuando Antonio hacía un esfuerzo para concentrar su atención en lo que éste decía, desprendiéndose de verano, olas y pejerreyes, se escuchó el sonido de la campana.

        La clase había terminado. 


 

Julián Murguía. Inicio de El tesoro de Cañada Seca


Licencia para avasallar (Irene Vallejo)

Licencia para avasallar

 

Por Irene Vallejo


 Tras largo tiempo de silencio, empiezan a aflorar voces. Nadie hablaba de aquello en tu infancia: eran cosas de niños. Como si los problemas que afectan a los pequeños no pudieran ser grandes. Hoy sabes que el acoso escolar o las novatadas no son solo dramas infantiles. La edad adulta no sana el impulso de acorralar y humillar. Los matones que campaban a sus anchas en la escuela se hacen mayores y, si alcanzan puestos de poder, siguen hostigando con impunidad. El trabajo, con sus delicadas dinámicas internas, es el nuevo campo de batalla. En épocas de crisis y miedo a perder el empleo, el conflicto se agudiza.

A tus ocho años, no supiste reaccionar. No es fácil, tampoco para los adultos. Surge primero la incredulidad, después la esperanza de que se resolverá tan rápido como empezó. Y crees, al principio, que podrás resistir; ignoras aún lo destructiva que será la espiral si se prolonga demasiado tiempo.

En el patio de recreo, como en la oficina, el acoso nunca es solo un dilema individual. La reacción de los demás decide las reglas del silencio. Entran en juego dos impulsos humanos muy arraigados: solidarizarse con quien sufre un ataque o aliarse con el más poderoso. Un cínico personaje de la serie Succession describe así su particular imperativo categórico: “Yo estoy espiritualmente, y emocional, ética y moralmente, del lado de quien gane”. Capítulo tras capítulo, esta historia retrata a los miembros de un multimillonario clan empresarial luchando por el trono de la corporación. A la sombra de sus traiciones y ambiciones, sus propósitos y despropósitos, sus riquezas y vilezas, crean un ambiente laboral asfixiante y opresivo, donde la humillación y el desprecio son ingredientes habituales. En su batalla interminable, únicamente comparten la admiración por la arrogancia poderosa, símbolo de habilidad, fuerza, liderazgo y dominio. El patriarca de la familia define con estas palabras su estrategia respecto a los competidores: “Los atornillas. Los cincelas. Les haces daño. Y luego los ves chillar”.

El dramaturgo griego Eurípides se preguntó ya hace más de veinticuatro siglos si los personajes míticos, tradicionalmente considerados héroes, no eran sencillamente tipos prepotentes y despiadados. En una de sus obras, Ifigenia en Áulide, el general Agamenón ha reunido el ejército que atacará Troya, pero la expedición no consigue zarpar porque soplan vientos desfavorables. Un oráculo dictamina que solo podrá navegar si sacrifica a su hija Ifigenia en el altar de los dioses. Angustiados, Agamenón y Menelao discuten y compiten entre ellos como los hermanos de Succession, y tratan con violencia a sus subordinados. “Llorarás si no desistes. Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza”, grita un enfurecido Menelao a un anciano a su servicio que expresa una crítica. Los dos guerreros parecen temer, por encima de cualquier reproche, la acusación de ser débiles y carecer de madera de líder. En el desenlace, se impone la sed de conquista, y la joven Ifigenia se convierte en la primera víctima de una guerra aún por comenzar.

La romantización del poder despótico y el aura autoritaria no es un fósil del pasado. Algunos políticos con éxito y celebridades empresariales se comportan en público como crecidos abusones escolares. La misma actitud chulesca surge a veces entre las estrellas del famoseo y el deporte, convencidas de que sus fortunas y sus victorias son un salvoconducto de soberbia. La admiración popular les otorga impunidad: los triunfadores tienen licencia para la crueldad. Durante demasiado tiempo hemos aplaudido los liderazgos avasalladores e incluso parece un mérito que deportistas, ejecutivos o vendedores sean agresivos. Sin embargo, en política, sus consignas furiosas desencadenan tensión, sufrimiento y, en ocasiones, dañinos conflictos. En el trabajo, los insultos, las órdenes dementes, los ataques de ira, las amenazas y las humillaciones provocan cada año un torrente de bajas, ansiedad y depresiones evitables. Como ya intuyó Eurípides en sus tragedias irreverentes, ciertos personajes carismáticos nos salen carísimos.



Columna de Irene Vallejo en Página 12 (Argentina), 13 de marzo de 2024


https://www.pagina12.com.ar/720275-licencia-para-avasallar/


 

Un punto azul pálido

UN PUNTO AZUL PÁLIDO

Carl Sagan


Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. 

La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. 

Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. 

Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo… Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. 

En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. 

Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido.


Carl Sagan 

(9 de noviembre de 1934 – 20 de diciembre de 1996)


https://www.poramoralaciencia.com/2012/11/09/carl-sagan-un-punto-azul-palido/


https://es.wikipedia.org/wiki/Un_punto_azul_p%C3%A1lido


https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Pale_Blue_Dot.png


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d2/PIA23645-Earth-PaleBlueDot-6Bkm-Voyager1-orig19900214-upd20200212.jpg


Carl Edward Sagan

https://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Sagan


Un punto azul pálido - Castellano

Nullius in Verba

834 suscriptores

330.870 visualizaciones  1 mar 2017

https://www.youtube.com/watch?v=e9DK_MNlbRw

 

TIEMPOS DE BIENVENIDA (para completar en equipos)

    ---) VER EL MATERIAL EN GOOGLE DOCS