De vuelta a clase
Era el 10 de marzo y las clases habían comenzado otra vez. Sin embargo, el verano continuaba, empujando con días cálidos y secos la llegada del otoño austral. Eran días para continuar corriendo por la playa, zambulléndose en el mar, y no para estar sentado en el salón de clase de aquel colegio de Montevideo, anotando los horarios y los textos que recomendaba el profesor.
Antonio miró por la ventana y suspiró. Era un largo año el que quedaba por delante. ¡Y el verano se había ido tan rápido! Bueno, no al principio, en que los días parecían desgranarse lentamente, pero las dos últimas semanas se habían ido a terrible velocidad. Siempre parecía así, al menos cuando uno tiene quince años.
Dio un vistazo alrededor y saludó a un par de amigos con una morisqueta. Esa mañana se había dormido y había llegado a clase cuando ya estaban todos sentados y el profesor había empezado a pasar lista. Gajes del verano, había que acostumbrarse otra vez a madrugar para estar bañado, desayunado y en la parada del ómnibus a las siete y media de la mañana.
El retraso le había impedido reencontrarse con los viejos compañeros y conocer a los nuevos, lo que sucedería en el próximo recreo. Miró hacia la derecha: en el banco de al lado había un muchacho que no conocía y que, al sentir la mirada, lo miró a su vez y le sonrió. Tenía un rostro curtido por el sol y una sonrisa franca. No parecía un chico de ciudad, tenía ese aire de los que se han criado en el campo.
—Parece buen tipo ‑pensó Antonio.
—...y la tabla de logaritmos —decía en ese momento el profesor. Antonio se dio cuenta de que, por distraerse, no había atendido ni anotado lo que debía traer para la próxima clase. Bueno, lo copiaría después, del cuaderno de algún compañero. Miró otra vez por la ventana y la mente volvió a írsele tras el azul del cielo, vuelta a la playa y al verano.
Mucho más que la tabla de logaritmos era la tabla de surf lo que querría tener ahora, y una buena ola para "entubarse", como esas olas hawaianas que muestra la televisión y que no tienen paralelo con las olas cortas del Océano Atlántico, a las que él no tenía más remedio que sufrir.
Ese verano, sus padres habían alquilado una casa en la costa oceánica de Rocha, y allá habían marchado padre, madre, Antonio y sus dos hermanas menores, por todo el verano. Es decir, la madre y ellos por todo el verano; el padre, después del primer mes, trabajando en Montevideo de lunes a viernes y reuniéndose con la familia cada fin de semana.
Habían sido dos meses y medio de aire, sol y mar, en un lugar con población pequeña y playa grande, con sitio de sobra para andar en tabla lejos de los bañistas. Y así, corriendo olas se habían corrido los días, hasta terminarse.
—Calculadora, regla, compás y semicírculo —seguía diciendo el profesor.
Y en aquella punta rocosa que cerraba un extremo de la playa, ¡cuántos pejerreyes y sargos de buen tamaño había pescado! Dos o tres veces a la semana el almuerzo de la familia había sido de pejerreyes fritos o de sargos a la parrilla, estos últimos especialmente cuando estaba su padre, a quien le encantaba asarlos. Y en aquella punta, bien junto a las rocas, salían unos sargos enormes, gruesos, redondos, como de un quilo. Sus hermanas solían quejarse de las espinas, pero eso era inevitable, y era el precio a pagar por saborear aquellas delicias. Las niñas siempre andan con tiquismiquis, ¿no? Pero pejerreyes y sargos eran los pescados más ricos que había comido jamás, especialmente esos, recién pescados por él, y el placer de pescarlos se duplicaba en el placer de comerlos.
Empezó a sentir hambre. Había salido corriendo, sin desayunar por el retraso, y el recuerdo de aquellos platos sabrosos le estaba acicateando el apetito. Bueno, compraría algo de comer en el recreo.
—Este año, además, vamos a estudiar funciones —agregó el profesor.
Y, cuando Antonio hacía un esfuerzo para concentrar su atención en lo que éste decía, desprendiéndose de verano, olas y pejerreyes, se escuchó el sonido de la campana.
La clase había terminado.
Julián Murguía. Inicio de El tesoro de Cañada Seca

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